Esta mañana, miraba orgulloso un servidor, a una preciosa jovencita, mientras se alejaba, mochila en ristre, hacia el inicio de un nuevo curso escolar. Un momento antes de cruzar el umbral que la separa de la entrada al centro, un volteo de cabeza atrás, una sonrisa picarona y un último adiós al progenitor, que es quien lo cuenta, y que quedaba en la puerta poco menos que babeando.
La vuelta al cole, ansiada y temida a un tiempo, se había consumado. Y allí quedé pensativo por unos momentos pues el regreso a clase parecía coincidir, y no de manera casual, con algo más; esto es como con un pistoletazo de salida al arranque de todo aquello que se pueda llamar curso, le pongamos detrás el adjetivo calificativo que le pongamos: escolar, político, empresarial incluso…
Y es este momento del año, de vuelta del verano, con la recuperación de los hábitos –bendita rutina que diría el santo– el que se convierte en punto de inflexión en el que es necesario pararse y reflexionar con el fin hacer frente al “nuevo curso” que se nos presenta ante nuestras vidas. Y como si de un buen colegio se tratase, como nuestra vida debería ser realmente, aprovechar bien los conocimientos que hemos adquirido y, para no tener que repetir, aprender del error.
Claro que en una cultura como la nuestra, lo propuesto es arto difícil, y nosotros que nos lo perdemos. Tenemos la costumbre, ya no solo de ocultar cualquier atisbo de equivocación que nos pueda salpicar, y la culpa de lo acontecido, si no es bueno, siempre será de otro, sino, y lo que es peor, de negarnos a nosotros mismos los propios errores cometidos, con lo que perdemos la oportunidad de sacar los sabios conocimientos que nos proporciona el error. Y es que como dijo Baltasar Gracián: “errar es de humanos, pero más lo es culpar de ello a otros”.
En una interesante entrevista al que fuera presidente de La Caixa, publicada en la revista Capital, en su número de septiembre, decía Ricardo Fornesa: “Temo que superemos esta crisis en falso, sin aprender nada”, y eso es algo que a un servidor le carcome, así por dentro, la tripa.
Comienza un nuevo curso y, vivido lo vivido, sería un momento idóneo para sacar conclusiones que bien nos indicaran, pero vivimos en la cultura de la irresponsabilidad, en la del yo no he sido mirando para otro lado. No se nos ha enseñado a asumir responsabilidades sino, más bien en la de aquí te pillo, aquí te mato y, si puedo, me llevo otra.
Me permito volver a citar al señor Fornesa: “Se ha perdido el sentido del esfuerzo, de la solidaridad y el temor reputacional”. Y pesa la frase como sentencia certera.


2 Comentarios
Coincido contigo en las claves que das en este artículo, la semejanza del inicio de curso con el adjetivo que queramos poner y también con la reseña de Fornesa, que saldremos de esta sin haber aprendido nada.
Es una lástima, pero no me sorprende, qué quieres que te diga.
Buen artículo.
Gracias por tus palabras y lo que espero es que el error se mío y sí sepamos sacar las conclusiones certeras de todo esto. Si lo hacemos así saldremos reforzados y habremos aprovechado el tiempo y el sufrimiento que estamos viviendo.