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Vivir en una ciudad tipo medio, como la de uno, la mía mismamente, con trescientas cincuenta mil vidas, alma arriba, alma abajo, y sin contar la conurbación, que es otra cosa, pues, no nos vayamos a engañar, tiene sus ventajas.

traficoalicante1Tenemos todo lo que en una ciudad de esas, de las grandotas, grandotas, pero, y eso me lo decía ya mi madre, viviendo de manera más tranquila. Es, a veces, incluso, como vivir en un pueblo pero a lo grande, a lo bestia.

Tenemos atascos, pitos horrendos de conductores desesperados, prisas, carreras, sinrazones y “sinmiramientos”, que también me lo decía mi madre, pero… de otra manera. Siendo casi lo mismo es muy diferente, y ahí dejo la reflexión.

Aunque, la verdad sea dicha, con eso de la crisis, la cosa ya va cambiando un poco, y casi que bastante a peor. Y es que la gente o se queja, que se queja mucho, o se crispa, que se crispa mucho, o se entristece, que también se entristece mucho. Y en eso no se distingue ni de las ciudades grandes ni de las pequeñas. Jodidos estamos todos y decir lo contrario es engañar al personal. Bueno, los políticos, en todo caso, que también están jodidos, tal vez lo estén por otra cosa, más por temas de poltronas, sillones y coches oficiales, a diferencia de un servidor y su compaña; y de los banqueros pues, de los banqueros mejor ni mentarlos.

alicante_27Pero aún así, vivir en esta ciudad es algo bello. Y como somos muy sedentarios, y cambiamos poco de casa, y llevamos viviendo un montón de años en el mismo lugar, la gente se conoce y, a veces, hasta se saluda. Todos tenemos la farmacia de siempre, donde nos apuntan los medicamentos y luego llevamos las recetas. Todos tenemos el peluquero al que solo basta decirle “como siempre”. Todos tenemos los puestos de siempre, en el Mercado, donde el de la verdura, el del pescado, o el de la carne sabes bien que no te engaña, porque ellos saben lo que te gusta siempre.

mesonY todos tenemos, también, el bar de la esquina, nada más cruzar la calle; sí, ese, el de toda la vida. Aquel donde casis todos hemos contado nuestras cosas y algunos nos han contado las suyas y, los más, las de otros muchos. Y es que aunque no queramos, en este país, que siempre he conocido como España, es un bar donde existe historia en los bares, en las tascas, en los mesones. Y, tras un vino y una tapa, se hacen tratos y negocios. Tras una caña y un pincho conseguimos una copa de Europa y una pole en la parrilla. Tras una copa y una caricia llegamos a descubrir un amor.

En mi caso es el “Mesón La Esquina”, que regenta mi amigo Jorge Nieto hace, ya ni me acuerdo cuanto tiempo. Jorge Nieto, al que conozco hace… hace… cuarenta y algún años. Y no es que yo sea un vejestorio, sin menospreciar, sino que nos conocemos desde muy niños. Fíjate que no hace mucho, y de lo que se acuerda el tío, me contó que tenía en la memoria su primer día de colegio y que, siempre según él, fui yo el primer niño que le habló, le di la mano y le acompañé a la clase. Casi que me emocionó cuando me lo contaba, ¡oye!

220_0_eeurosY así, porque nos conocemos de toda la vida, en un ataque de franqueza, mi amigo Jorge, el del bar de toda la vida, se pone, corazón abierto, a contarme que hace casi dos semanas que no visita a su madre porque no quiere mirarle a los ojos y que descubra que no está bien. Y me cuenta lo que le cuesta entrar en casa, tragar saliva y estirar cuello, todo para forzar una sonrisa para que no descubran que no está bien. Y me contó el esfuerzo que tiene que hacer para mirar a sus hijos sin parase a pensar si está siendo un buen padre de familia porque no está bien. Y me cuenta que no está bien porque no llega. “La puta crisis” me dice; una puta crisis que él no ha creado pero que sí está pagando. Y la paga porque, si ya antes abría su mesón a las seis de la mañana, ahora lo abre a las cinco y media, por si pilla los cafés de los que cogen el autobús en la puerta para ir al turno de mañana de la fábrica. Y no llega. Y la paga porque ya no cuelga, encima de la máquina de café, aquel cartel que decía “cerrado los domingos por descanso del personal”, porque ya no descansa los domingos. Y no llega.

Y me cuenta, y me habla de “la puta crisis”, mientras yo lo miro con cara de no saber qué. Porque los pesares de mi amigo, a mi me pasa, también le pesan a uno. Y solo acierto a decir que hay que seguir, que hay que aguantar, que al final saldremos. Y sus ojos enrojecen, y su sonrisa ya no es tal y, adivino en su pensar un “habla, habla, pero yo estoy jodido con la puta crisis, y no llego”.

Y pienso en aquellos gurús de moda, que en muchos casos son los que han provocado la “puta crisis” y que ahora, cosas de la vida, últimamente dan magistrales clases de cómo gestionar la crisis, y hasta las cobran. Y pienso en aquellos, políticos principalmente, tocados por el dedo de alguna deidad, a los que no se les cae la cara de vergüenza cuando, aún, presumen de los grandes avances sociales que están consiguiendo para nuestro mayor bienestar, cuando nuestro bienestar les importa un carajo o, a la más, les importa, cuarenta y cinco días antes de votar, en la medida que nuestro bienestar pueda convertirse en un voto, y hasta la próxima.

Y mientras me ahogo en la demagogia de esa podredumbre, yo pienso, y me retuerzo el cerebro pensando de qué puñetera manera podría yo hacer algo que de verdad ayude a Jorge; Jorge Nieto, el del bar de toda la vida, aquel al que una vez le di la mano para acompañarlo a clase.

Y te das cuenta que en ciudades de trescientas cincuenta mil vidas, alma arriba, alma abajo, aquí, como en Hollywood, también tenemos héroes. Porque vivir como vive Jorge es vivir de manera heroica. Y aquí hay muchos héroes; sencillos pero muchos, muchos héroes.

Y yo, que escribí una vez “Nunca dejes que nadie te diga que no puedes hacer algo”, me reitero en todo lo escrito pero, recojons, ¿qué puedo hacer por mi amigo? ¿Qué puedo hacer? Porque el tema está ahí; en el verbo hacer. En el hacer está la respuesta. Y yo, que he perdido mucho tiempo teorizando, porque necesito ayudar a Jorge, y porque necesito ayudar y, ayudando, necesito ayudarme a mí mismo, necesito ejecutar el verbo y hacer.

santa-fazY mientras tanto, mientras busco mi blusón negro, mi pañuelo de cuadros, mi sombrero de paja, preparándome los trastos para la “Peregrina” de dentro de unas horas, comienzo mi letanía, como buen alicantino: “Faz Divina, misericordia”.

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2 Comentarios

  1. Tienes toda la razón Pedro, ¿qué hacer ante situaciones como la que tú cuentas? A veces, se siente uno incapacitado y sin palabras, aunque yo pienso que a veces las palabras pueden confortar mucho.Pero como veo que vas de peregrino, lo que sí puedes es rezar. Todos podemos rezar, y mucho, pidiédole al Señor que ponga su mano en este mundo que se está muriendo sin El. Si, empezando por los ¿gobernantes?, y terminando por el último “mono”, todos HICIERAMOS lo que Dios quiere, no habría los problemas que hay. ¿No lo crees así?

  2. Estimada Lola, tienes razón que, los que creemos, siempre tenemos un refugio, y seguro, en la oración. Pero también es cierto, como dijo San Agustín, “orad como si todo dependiese de Dios, y trabajad como si todo dependiese de vosotros”.

    El tema que me planteo es la pasividad e inactividad de la sociedad a la que pertenecemos. Nos hemos acomodado y, mientras se derrumba un mundo que, hasta ahora nos parecía real, nos limitamos a esperar a que venga alguien y nos lo arregle. De ahí que mi planteamiento sea el “ejecutar el hacer”. Comenzar por una profunda reflexión para reconsiderar lo que nos estamos jugando, y, una vez valorado, actuar.

    Muchas gracias por visitar este lugar. Siempre serás bienvenida.


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