
Bajaba por la Rambla de Méndez Núñez caminando hacia Explanada de España. Me encanta tener una excusa para bajar a la Explanada; me gusta caminar por ella, por el Paseo Marítimo, el Puerto Deportivo. Me relaja, me gusta, me siento bien.
Y para allí me encaminaba, cargado al hombro con mi bolsa llena de trastos, por lo que pueda pasar; la agenda, el pequeño portátil -que qué sería de mí sin él- el móvil, el otro móvil -que ya te digo- una libreta de notas, otra libreta de notas, un bolígrafo, otro bolígrafo, alguno más, y demás enseres, pará mí, de utilidad necesaria y extrema sin los que es imposible salir a la la lucha diaria en la cancha asfaltada de nuestra común vida, dispuesto a realizar mis gestiones y aprovechar, a poder ser, alguna terraza para tomar un cafetillo, el tercero ya de la mañana, cuando, entre estas, que unas campanadas, campanadas de iglesia, interrumpieron tales intenciones.
Eran las campanadas de la Concatedral de San Nicolás que anunciaban la misa de las doce. Pensé lo que pensé, torcí rápido por la calle Miguel Soler y me encontré frente a la puerta principal de la Concatedral de nuestro Patrono.
Y allí, en el ángulo izquierdo de la plaza, sentado en el suelo, con la espalda apoyada en una fría y sobria fachada renacentista, estaba aquel hombre. Un hombre que no tenía por más que llamarme la atención que por la expresión de su rostro. Aquel hombre estaba cansado. Yo lo vi en sus ojos; estaba cansado.
La misa se me hizo corta. Entono el mea culpa y reconozco que mis pensamientos no estaban donde debían estar. Pedí perdón a Dios.
Como cada mañana, había estado desayunándome con la prensa, mi eterna compañera matutina, y como cada mañana, ya de forma, y por desgracia, manera habitual, con la compañía de las malas, siempre malas noticias.
Y pensaba en el hombre de la entrada. Aquel desconocido que no sabía lo que es un ERE sino que no tenía trabajo; que no sabía si el IPC subía o bajaba, sino que no tenía para consumir; que no entendía de políticas económicas, sino que su economía no existía.
La verdad es que pasé el tiempo pensando en el hombre de la entrada; un hombre desconocido con nombre y apellidos; un hombre desconocido con problemas reales; un hombre desconocido con un día a día que solucionar y con el misterio de un día a día por resolver.
Hablamos de números, de porcentajes, de previsiones, de políticas, de medidas, pero ¿y las personas?
Desde las alturas del poder se ve todo muy diferente. Los políticos hablan y hablan pero, ¿acaso Corbacho conoce a alguno de los inscritos en el INEM? ¿Acaso Zapatero, Rajoy, Fernández de La Vega, Ruiz Gallardón, Rubalcaba, y muchos etc. saben algo de verdad de esos desconocidos con nombres y apellidos?
Y se les llena la boca cuando hablan de “ciudadanía“, pero ciudadanía de la de ellos, de la que los políticos conocen, o suponen conocer, no de esa, esa con nombres y apellidos, la de verdad, la que pisa la calle, la que va al mercado y hace de verdaderas filigranas para recomponer la economía, la que sufre el paro y su frustación, la que ve cómo sus hijos deambulan sin motivación y sin sueños por la vida, la que tampoco tiene sueños en la vida, la que se agarra a un clavo ardiendo para salir para adelante, la que llora, la que ríe, la simple, la complicada, la misteriosa, maravillosa, viva, real ciudadanía; y se empeñan, los políticos, en resolvernos problemas que no tenemos, y de aquellos otros, dígase de los que padecemos de verdad pues… mire usted, no se yo que decirle, no serán tan importantes porque eso es lo que dicen los políticos, que para eso entienden más y, ¡redios, qué guapos salen todos en las fotos!
La distancia entre el político y el ciudadano es abismal y creciendo. Eso sí, todavía un ciudadano sigue siendo un voto que, al fin, es lo que cuenta, y algo es algo. Cuentan los votos. ¡Qué más dará el resto!
Salimos de misa. Paré a la entrada de la Iglesia y me compuse de nuevo todos mis trastos. Respiré hondo dispuesto a continuar la marcha. Miré a un lado y a otro antes de empezar a caminar. Una señora pasó por delante de aquel que fue motivo de mi distracción durante la misa. Sacó alguna moneda y dirigiéndose a este se las entregó. “Aquí tiene buen hombre” le escuche decir. Un buen hombre con nombre y apellidos.
El desconocido asintió con la cabeza. Estaba en cansado. Yo lo vi en sus ojos; estaba cansado.
Foto: “LaEspera” de M.R.


Un Comentario
Muy hermoso el articulo, y “por desgracia” muy certero.
El cumulo de noticias no nos deja ver la realidad del “dia a dia” y al final acabamos convenciendonos muchas veces de lo que se nos dice es verdad.
Gracias a Dios que aun queda gente (entre las que te incluyo, y yo tambien con tu permiso) que dentro de nuestra pequena vision, aun queremos discrear.
Un fuerte abrazo.