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Un país aclama a su selección, la española, que no es otra le pese a quien le pese. Y no quisiera yo ahondar mucho en tales celebraciones, que muchos lo han hecho ya y aunque sea esta ocasión única, ya que ahora mi deseo, más bien sería otro, y es este: que lo vivido en estos días no acabara y fuera algo más allá del estribillo: “campeones, campeones, oé, oé, oé”.

Durante más de un mes, entre calles adornadas de banderas, rojo y gualda, como es de ley, de norte a sur y de este a oeste, primero unos miles, y unos millones al final, españoles de toda clase, lugar y condición, hemos sufrido, hemos suspirado, hemos cantado, hemos gritado, hemos vibrado, hemos llorado y hemos enloquecido de forma exultante con ese puñado de hombres de camiseta roja que nos hicieron elevarnos hasta el séptimo cielo cuando vimos un balón, empujado por el manchego Iniesta, cruzar bajo la portería de un cancerbero holandés.

¿Y ahora… qué? Y ahí es a dónde uno iba. Tras la celebración de este mundial, con la consabida y bien soportada resaca futbolera, me resisto a concebir que todo pueda acabar tras la canción de tal Bisbal.

Y así deseo, pues, con tanto ardor como desee tan preciado trofeo ver al fin en tierras españolas, que no sea ese el final de este cuento. Y así, desearía con la misma pasión, que esa garra, esa fuerza, ese espíritu, que tantos buenos hombres, como hombres buenos son, ahora y años ha, como iniestas, pujoles, xavis, casillas, ramos y llorentes, lorenzos, pedrosas, nadales, alonsos, gasoles y… un sinfín, que con todo ello y esa unión que supieron inyectarnos —todos a una—, como fueron capaces de unir en un solo grito el sentir de una nación, pues de esta forma, lo podamos recordar por mucho tiempo, con orgullo y sin complejos, se presente quien se presente y nos digan lo que nos digan, mientras seguimos tarareando aquello de… “yo soy español, español, español”. ¡Qué grande que eres España!

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